Santos Dumont: Cruce de caminos

Publicado el 11/10/2012 por

Tres apuntes sobre Similia Similibus.

Lo fracasado

Cuando alrededor de 1997 los Santos Dumont comenzaron a componer las canciones que acabarían conformando Similia Similibus, venían de una frustración. En plena década de los noventa habían editado Un día en el ático (y lo que encontramos ahí) (1995) y eran una de las tantas bandas que EMI contrató como parte de lo que quiso bautizarse como “nuevo rock chileno”. El fenómeno, alimentado por la promesa de alegría y democracia de la década, provocó que otras multinacionales intentaran apuestas similares, algunos medios de comunicación se alinearan y se realizaran conciertos masivos y distintas operaciones de difusión masiva. Pero la burbuja pronto reventó. En los grandes sellos permanecieron solo aquellas pocas bandas que alcanzaban números azules y el resto quedó al margen. Los Santos Dumont estaban entre ellos.

Carlos Fonseca, ex manager de Los Prisioneros, lideraba el proyecto en EMI. Terminada esa aventura, quiso reactivar su propia etiqueta, Fusión, con el nuevo disco de Santos Dumont en carpeta. En los dos años siguientes, la banda grabó en el estudio de Carlos Cabezas, se quedó sin financiamiento, dejó de trabajar con Fonseca, peleó y se disolvió, superó adicciones, se reagrupó, logró un hit radial con “Ayer” y terminó editando finalmente Similia Similibus.Faltaban pocos días para que acabara 1999 cuando el disco fue publicado. Era el momento preciso, porque en la nueva década las cosas cambiarían. Similia Similibus es un disco de los noventa, pero expresa además cómo se agotó la forma de hacer música de aquellos años.

Primero, tuvo una canción presente en radios como debían tener todos los discos exitosos de la época, pero “Ayer” quedó como una excepción entre el repertorio de la banda. Segundo, fue grabado utilizando con ambición los recursos del estudio, pero esa misma experiencia dinamitó la relación entre los integrantes de la banda, desfinanció el proyecto y ni siquiera terminó con los resultados esperados. Y fue publicado por otra multinacional, Warner, pero acabó con bajas ventas, problemas de distribución y la banda al margen otra vez. Al mismo tiempo, un logro y un proyecto truncado.

Lo sicodélico, lo melodioso

Son dos los afluentes sonoros que alimentan Similia Similibus y que solo pueden encontrarse en ese momento específico en la historia de Santos Dumont. Por una parte, la raíz sicodélica que ya habían cultivado con dispares resultados en sus grabaciones anteriores, en la que brillan las composiciones del bajista Alberto Rojas, quien canta siempre en inglés canciones como “Whitering away”, “Treacherous heart” y “(Lulu) Mirror me smiles”. Son piezas impulsadas por los ritmos libres del baterista Iván Molina, las atmósferas y teclados de Marcel Molina y el inglés perfecto y volátil del propio Alberto Rojas. El único intento fallido pertenece a esta vertiente y es la pieza que da nombre al disco, que termina perdida en más de diez minutos de búsqueda caleidoscópica.

Otros pasajes son los que transitan las canciones cantadas en español por Julián Peña, de melodías amables legadas por la música británica y norteamericana de los sesenta. Temas como “Bajo el volcán”, “Alguien va a nacer” y el consabido “Ayer”, construidos sobre una guitarra de Mauricio Melo más contenida que en las piezas lisérgicas.

Sin embargo, los mejores momentos de Similia Similibus se hallan en el cruce de ambos caminos, como en “Un avión cayó en mi jardín”. No lo habían logrado antes los Santos Dumont, que no contaban con el sentido pop de Julián Peña, ni tampoco lo encontrarían más tarde, cuando dejaron de lado los atisbos sicodélicos. Son instantes en que las canciones parecen listas para dispararse en cualquier dirección, pero siempre terminan enganchadas por la melodía.

La riqueza de ese sonido se debe también a otro encuentro que produjo este disco, entre la formación estable de la banda y los invitados. Casi una decena de músicos que provenían de distintos mundos y que incorporan timbres como trompeta, banjo, cornos, viola y chelo. Son los rastros de Pet sounds, Sgt. Pepper y Forever changes.

Si 1999 era un año donde se extinguía una forma de música apoyada por sellos multinacionales y medios masivos, también estaban los primeros indicios de lo que sucedería en la década siguiente. Con la distancia de los años, una mirada al personal en estudio permite entenderlo.

En Similia Similibus están “Henrique Álvarez”, Carlos Cabezas y el mismo Mauricio Melo, productores e impulsores de los primeros discos de Los Bunkers, acaso la única banda del siglo XXI capaz de estirar hasta hoy el negocio convencional de la década anterior: sonar en radios, llenar teatros y proyectarse al extranjero. Pero al mismo tiempo, están Samuel Maquieira y el propio Iván Molina, que en los años siguientes con The Ganjas, Matorral y otras bandas más recientes han afirmado una música chilena al margen de las radios y difundida por pequeños conciertos y nuevas formas de promoción y distribución ligadas a internet. Entonces, Similia Similibus es la intersección de la música chilena noventera con lo que ocurriría en la década siguiente.

Lo fugaz

Los grandes discos suelen captar momentos fugaces. La formación que grabó Similia Similibus ni siquiera se repitió para el lanzamiento del disco, porque Marcel Molina abandonó la banda antes. Y es el único instante en que los Santos Dumont cristalizaron esa cruza de pop y sicodelia. Todas las piezas que habían reunido a lo largo de los noventa calzaron en un rompecabezas que luego se fue desarmando en forma de canciones cada vez más estructuradas y sencillas, aunque no por eso menos encantadoras.

Es posible pensar en Similia Similibus como un instante precioso y efímero. Un momento que terminó siendo de inflexión en muchos sentidos. Los Santos Dumont se separaron pocos años más tarde sin publicar un nuevo disco, a excepción de una sesión radial de edición limitada, Maximum Rock & Pop (2001). Cada uno de sus integrantes siguió distintos caminos, que van desde retirarse de la actividad musical hasta formar nuevas bandas al alero de sellos independientes nacidos en la primera década del siglo. Incluso tuvieron el tino, al reunirse en 2008 para la reedición de este disco, de no intentar estirar su historia con nuevas canciones. Es como si hubiesen entendido que el valor de Similia Similibus, además de las canciones, la profusión de timbres y arreglos, las melodías y todos aquellos elementos intrínsecos al disco, está en la imposibilidad de repetirlo. En su fugacidad, en la singularidad de su cruce de caminos.